Luis Felipe Lopez, el Jordan latino que no sobrevivió a sí mismo

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POR GUILLERMO GARCÍA ARROYO | Marca.com

Aún recuerdo cuando aquella revista cayó en mis manos. Apenas había llegado a la adolescencia, pero ya sabía lo que significaba Sports Illustrated en el mundo del deporte. Una Biblia en cuya portada aparecían diferentes profetas y que guardé, religiosamente, mientras mis padres me permitieron acumularlas en el trastero.

Fue en noviembre del año 94, hace poco más de 20 años, cuando en aquella hipnótica portada que convertía en oro a todos sus protagonistas descubrí la figura de Luis Felipe Lopez volando por encima del horizonte de Nueva York y con la Estatua de la Libertad al fondo, empequeñecida por la perspectiva. Era un imberbe dominicano llamado a relanzar el baloncesto universitario neoyorquino transformado en el futuro ‘Mesías’ de la NBA tras la primera espantada de Michael Jordan. El primer LeBron antes siquiera de LeBron supiera botar un balón.

Luis Felipe Lopez

Un reciente viaje a Nueva York, paseo por el Bronx incluído, me llevaron a comprobar que su figura sigue siendo ley en sus calles y que sus compatriotas no olvidan al que todavía hoy consideran como el mejor jugador que han visto en una cancha de baloncesto. Una especie de semidios escondido en un cuerpo adolescente que se convirtió en leyenda en unos ‘playgrounds’ atestados de deidades.

Su frágil figura y su mirada aún infantil contrastaban con la fiereza de un jugador implacable, como le describían sus rivales en las páginas interiores de la revista. Una figura capital en la primera mitad de los 90 que revolucionó los ‘playgrounds’ de Brooklyn, Harlem y el Bronx, dotado de un talento innato para el deporte de la canasta. Un crack en ciernes llamado a dominar con puño de hierro el panorama mundial y al que una devastadora lesión de rodilla dejó en un temporero con cartel de lujo. La perfecta definición de ‘hype’ antes si quiera de poder tener la posibilidad de demostrar sus talentos ante los verdaderos dioses de la canasta.

Por desgracia aquellos que en esa época no teníamos la oportunidad de ver sus partidos (López fue el primer ‘youtuber’ antes de que los niños de medio mundo mostrarán sus habilidades en vídeo) nos quedamos con las ganas de ver a un jugador que apuntaba tan alto como llegaban sus fibrosas piernas. Era el ‘Michael Jordan hispano’, como le catalogó la prensa neoyorquina. Su velocidad, su hambre y sus estéticos vuelos valían tamaña comparación. Sin embargo, el prodigio dominicano nunca pudo simular al ’23’ en una cancha de la NBA. Aún así, su nombre sigue siendo una referencia en el baloncesto colegial estadounidense y toda una leyenda en las calles de Nueva York.

Jordan-luis-felipeLuis Felipe López llegó a la Gran Manzana a los 14 años, procedente de su República Dominicana natal. En un tiempo en el que el pequeño país caribeño se dedicaba a ‘fabricar’ jugadores de béisbol, el pequeño Felipe se reveló contra los dictados paternos (Luis López había practicado con el bate de manera profesional) y pronto agarró un balón naranja con sus enormes manos, sin despegarse de él salvo cuando su madre le llamaba para cenar. Hasta ese momento, justo cuando el sol se escondía en el horizonte de Santiago, el infante pasaba el día jugando con chicos más mayores en las canastas de la calle. Y siempre era el mejor.

Sus padres empezaban a vislumbrar algo especial en su menudo vástago y, seducidos por el falso oropel de los compatriotas que regresaban de Estados Unidos envueltos en gruesas cadenas de oro, decidieron hacer las maletas, empaquetar sus sueños y junto a sus cuatro hijos poner rumbo a las calles del sur del Bronx, donde estaba enclavada la inmensa mayoría de la comunidad dominicana, cada vez más floreciente en la ciudad de los rascacielos.

Corría el año 1988 y, por desgracia para los López, el sueño americano que esperaban encontrar a su llegada se transformó en pesadilla al llegar a un distrito dominado por las pistolas, las bandas y el crack. “De no haber jugado al baloncesto podría haber sido medallista olímpico en velocidad porque tenía que huir rápido de los disparos”, confesaría años después el jugador dominicano que en incluso a eclipsar al mismísimo presidente Clinton en un mitin político en la cúspide de su popularidad.

El joven Felipe no tuvo problemas para encontrar un hueco en los partidos callejeros que se extendían por el Bronx. Pronto su nombre empezó a unirse al de leyendas del ‘playground’ juvenil como los de Rafer Alston, Stephon Marbury o el actual seleccionador de la República Dominicana, Orlando Antigua. Nombres que pronto se vieron relegados a un segundo plano ante la gigantesca dimensión que estaba adquiriendo la figura de Lopez. Comenzaba a escribirse su leyenda.

Luis Felipe LopezEl mito en la cancha, sin embargo, se hacía humano fuera de ella. Sobre todo en el colegio, donde sus problemas con el inglés le valieron numerosas burlas de unos compañeros tan crueles como les permitía la edad (14 años). Felipe disfrutaba del baloncesto, pero sufría en el resto de parcelas hasta que el propio instituto acudió a Maurie Beattie, una enfermera que se haría cargo de enseñarle el idioma a aquel fenómeno de piernas infinitas.

Un crack en ciernes moldeado por todo un mito de los banquillos escolares de Nueva York como Lou de Mello, entrenador del Rice High School. Una pequeña escuela del Harlem en la que se formaron otros talentos de la canasta como Kemba Walker y que en 1988 se convirtió en el equipo de moda del baloncesto escolar gracias a la aparición del Jordan latino.

Los Raiders, como se conocía al pequeño instituto, sobrepasaron las fronteras de la ciudad de los rascacielos y gracias a Lopez, visitaron Francia o Hawaii como uno de los mejores equipos de la nación. La fama del dominicano llenaba las pequeñas gradas del Rice de hombres con traje, corbata y maletín que no se creían las leyendas que luego comprobaban como ciertas, ojeadores universitarios que afilaban el colmillo en busca de talento, publicistas, periodistas y toda la comunidad dominicana de Nueva York que presumía de su joven talento.

Todos caían rendidos a los pies del nuevo ídolo. Todos querían verle, tocarle y tenerle a su lado.

Un empresario de calzado deportivo, Sonny Vaccaro, fue el encargado de crear el ABCD Camp, una especie de All Star para los talentos de instituto de todo el país. Era el año 1992, justo antes de su año junior (los problemas con el lenguaje le hicieron repetir el octavo grado), y nombres como Jason Kidd, Rasheed Wallace o Antonio McDyess se citaban en California para competir con el adolescente al que todo el mundo quería ver. Jugadores de todo el país que querían comprobar ‘in situ’ si el rumor que se extendía por todo Estados Unidos era cierto, que el basket había encontrado a un nuevo Michael Jordan. Lopez terminó siendo el MVP de aquella concentración de estrellas.

Su fama seguía creciendo, a la vez que lo hacía su displicencia. Lopez empezaba a caer en su propio embrujo y DeMello tuvo que tomar cartas en el asunto para que su estrella volviera a esforzarse en cada entrenamiento. Cuenta la leyenda que DeMello programó uno de los partidos del último año de Lopez en el George Washington High, con más capacidad que el pequeño Rice para albergar a toda la comunidad dominicana. Todo estaba listo para la fiesta. Sin embargo, Lopez se quedó en el banquillo en el primer cuarto como castigo a su falta de intensidad y al haber llegado tarde al último entrenamiento. El alero entró al comienzo del segundo cuarto y ya no volvió a sentarse. El resultado: 49 puntos y una rabia pocas veces vista. “Esto es lo que soy”, aseguraba el jugador tras el choque.

“Si digo que era un virtuoso en aquella época, creo que me estoy quedando corto”, aseguraba a Bleacher Report Zendon Hamilton, ex jugador del Joventut y compañero del fenómeno en la época. “Hacía cosas que nunca antes habíamos visto. Como no existía Youtube hay pocos documentos de sus jugadas, pero yo estaba allí. Hacía lo que quería y a quien quería”.

Luis Felipe LopezNormal, por tanto, que todas las universidades del país le tentaran con cantos de sirena para intentar hacerse con sus servicios. Finalmente fue la Universidad de Saint John’s, por cuyas aulas pasaron nombres como Walter Berry, Mark Jackson o Chris Mullin, la que se llevó el gato al agua. La proximidad a su casa pudo más que el hecho de que los ‘Redmen’ no pasaran por su mejor época. Pero como dirían los puristas del deporte, el resultado es lo de menos en estos casos. Jugador, ciudad y universidad estaban predestinados y su unión quedó plasmada en una portada que es historia del deporte neoyorquino y que vio la luz antes incluso de que Lopez disputara un solo partido en la NCAA.

No hacía falta verle en acción. Su fama le precedía y como tal sólo hubo que esperar a su primer entrenamiento con sus nuevos compañeros. La sesión fue retransmitida en directo por ESPN y en ella se dieron cita varias decenas de periodistas dispuestos a no perder detalle de un día que se antojaba histórico. Su nombre no sólo era sinónimo de baloncesto. Era puro marketing y todo lo que tocaba se convertía en oro. Apenas podía andar por el campus sin que sus compañeros de universidad le pararan para pedirle un autógrafo. Era el hoy tan manido ‘hype’ en su máxima expresión.

Con actuaciones memorables en sus primeros meses, como sus 35 puntos ante Syracuse o su defensa sobre otras jóvenes promesas como Allen Iverson o Ray Allen, su nombre era el único que lucía en los carteles en las noches de partido. Pero no todo era luz en el camino. Su tremenda figura, cuan Saturno, no tardaría en devorar a su propio hijo.

En su primera temporada con los Red Storm, Lopez promedió más de 17 puntos por partido y un 41% de acierto en tiros de campo. Números que le valieron para ganar el trofeo al mejor novato del curso en la Big East, pero que no consiguieron enmascarar las primeras dudas sobre su futuro. Su falta de seguridad cuando tenía el balón más cerca del suelo que del aro le llevaron a terminar la temporada con más pérdidas que asistencias, lo que unido a su poca fiabilidad en el tiro exterior le valió los primeros comentarios negativos procedentes de la NBA, que tiraban por tierra el mito.

Luis Felipe Lopez

Las cosas no mejoraron en su segunda temporada y con un récord de 11-16, Saint John’s fue eliminada en primera ronda y los números de Lopez bajaron hasta los 16,2 puntos y las 3,1 pérdidas por partido. El juego del dominicano entró en una cuesta abajo de la que estuvo a punto de no salir. La cúpula deportiva de la universidad decidió cesar a Brian Mahoney y entregó las riendas del equipo a Fran Fraschilla con el fin de revitalizar el juego de la joven perla del equipo.

Su juego comenzó a hundirse cada vez más y tuvo que ser una visita de su antiguo ángel de la guarda, Maurie Beattie, la que devolviera las ganas y el espíritu a un jugador que lo había tenido todo y que ahora veía como se le escapaba la gloria de las manos. Lopez volvió a vestirse de corto, volvió a trabajar duro y con la ayuda del conserje del gimnasio, que le dejaba las llaves para entrenar cuando éste estaba cerrado, renació de sus cenizas. Al menos en parte.

El dominicano recuperó parte de su nivel y en su último año en Saint Johns’s terminó con 17,6 puntos, llevando a su equipo al March Madness. Sin embargo, la aventura duró poco. Apenas una ronda. La universidad neoyorquina se las veía con Detroit en Chicago, la ciudad de su idolatrado Michael Jordan, y el cruel destino dejó a Lopez sin sueño.

El jugador, aún estrella en su equipo, tuvo en sus manos la victoria, pero el tiro de tres que salió de sus manos pegó en la parte trasera del aro y cayo fuera del mismo. Lopez se quedó tendido en el suelo, con las manos en la cara mientras se enjugaba las lágrimas que recorrían su rostro. El Jordan latino sabía que el sueño se acababa de esfumar. Igual que su antiguo ‘hype’. “Aún sigo pensando en aquel tiro”, señalaba hace un año en un reportaje del New York Daily News.

Luis Felipe TimberwolsFue elegido por los San Antonio Spurs con el número 24 de la segunda ronda del draft y rápidamente, esa misma noche, fue enviado a los Vancouver Grizzlies. Permaneció dos temporadas en Canadá, donde cumplió su sueño inicial de llegar a la NBA. Sin embargo, su antaña ambición de convertirse en el jugador que todo el mundo esperaba se vió aparcada por objetivos menores con los que el dominicano parecía conformarse.

Lo mismo le sucedió en los Wizards, donde coincidió con Michael Jordan. Pese a jugar con su ídolo, López parecía no encontrar la motivación suficiente para volver a brillar y se convirtió en un jugador de relleno en la plantilla. El conjunto capitalino vio la oportunidad cuando los Timberwolves llamaron a su puerta y le metieron dentro de un traspaso que daría con sus huesos latinos en la fría Minnesota, junto a Kevin Garnett. Allí, en Minneapolis, Lopez encontró su hueco y como especialista defensivo durante dos temporadas volvió a sentirse jugador de baloncesto.

Sin embargo, su cuento de hadas no tuvo final feliz. Un choque en pretemporada con el rookie de los Celtics, Paul Pierce, le destrozaba la rodilla izquierda, cercenando de cuajo su carrera en la NBA. Era el fin inesperado para una estrella tan fugaz como la velocidad a la que recorría la cancha. Lopez se recuperó y volvió al baloncesto en Europa, donde pasó por Alemania y por el Barris Nord Lleida en la LEB. No quedaba rastro de aquel adolescente que había deslumbrado en la portada de Sports Illustrated. Aquello sólo era el mejor de sus recuerdos.

Lo volvió a intentar en el baloncesto sudamericano y en ligas menores en Estados Unidos antes de colgar definitivamente las botas y dedicarse a ayudar a su comunidad en el Bronx. Al volante de su Mercedes, Lopez sigue siendo una celebridad entre los dominicanos del norte de Nueva York y él, de la mano de su madre y su esposa, no ha dudado en involucrarse con los más jóvenes para sacarlos de la pobreza a base de esfuerzo tanto en la cancha como en los estudios. Además, es embajador de la NBA, que no dudó en utilizar su imagen como el Jordan Latino que un día fue. El primer LeBron (por ‘hype’ adolescente) antes de que LeBron siquiera anduviese.

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William Aish
William Aish es periodista. Egresado de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Dominicana O y M. William es especialista en deportes, principalmente el béisbol. Trabaja como periodista en la Liga Dominicana de Fútbol. Lo puedes seguir en su cuenta de Twitter: @williamaish